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Los pesos circulan cada vez a una mayor velocidad pero “estimulan” cada vez menos

Los argentinos evitan quedarse con moneda local en sus bolsillos y el “pase de manos” está a la orden del día. La oferta supera a la demanda y la pérdida de valor se acrecienta. El circulante reactiva cada vez menos a la economía. Claves para entender el escenario actual

Publicado Miércoles 18 de Agosto de 2010

El Gobierno apuesta fuerte. Y sigue sumándole ingredientes a una receta económica cuyo preparado puede tornarse, con el paso del tiempo, en algo muy difícil de digerir.

La fórmula inicial incluía una alta dosis de pesos, un dólar apelmazado y tasas de interés lo suficientemente frías -entre "10°y 15°" menos- en relación a la inflación. Para que esa mezcla no cayera “tan pesadita” el Banco Central se ocupaba de retirar el excedente de moneda local. O al menos, es lo que vino haciendo metódicamente a lo largo de todos estos años. Más precisamente, desde el 2002. Pero resulta ser que en estos últimos meses no ha cumplido esa función en su totalidad y un 40% del dinero que debía quitar (esterilizar) no fue sacado del mercado. En consecuencia, más de $10.000 millones quedaron revoloteando en la plaza local.

Esta gigantesca “masa monetaria” no hace más que engrosar la cantidad de billetes con la cara de Roca que está dando vueltas. A esto se suma otra cuestión. Cuando los argentinos los reciben, buscan rápidamente sacárselos de encima. Consumen o los convierten a dólares. Porque entienden que no es negocio quedárselos con una inflación del 25%. En este contexto, el ex titular del Banco Central, Martín Redrado, alertó que “desde el 6 de julio al 6 de agosto, es decir, en apenas un mes, la cantidad de circulante creció un 5%. Esto representa unos $6.000 millones más. Esto sucede porque el Gobierno cree que emitiendo va a generar un mayor crecimiento, pero lo que produce es una mayor inflación, que se va comiendo el poder adquisitivo de los argentinos”. En consecuencia, a la receta “K” original se le agregaron dos ingredientes muy preocupantes para el bolsillo de los argentinos, a la hora de tener que lidiar con la suba de precios:

  • Hay más pesos en el mercado.
  • La velocidad de circulación de estos pesos se incrementó.

Y cuando hay más plata dando vuelta que aquella que la sociedad realmente necesita, esta pérdida de valor de la moneda se acelera. En buen romance, cuando los pesos “queman” en el bolsillo y hay sobreabundancia, los precios de los bienes y servicios tienden a crecer más aceleradamente. Así es como lo están percibiendo los principales analistas del país, que destacan que el índice mensual ya avanza a una velocidad crucero del 2% mensual, tras haber dado una tregua en el segundo trimestre. ¿Condenados a pagar el crecimiento con inflación? “El nivel de crecimiento que tenemos ahora está en su techo, En cambio la inflación actual está en un piso. En esta estrategia de ‘reactinflación’, cada vez se va a sentir menos la reactivación y más la inflación”, resalta el economista Carlos Melconian. Melconian agrega que, ante un incremento del dinero circulante, a una tasa del 25% anual, es lógico que “la gente se quiera sacar la plata de encima”. Su estimación es que, por cada punto de crecimiento del PBI generado de manera “espuria”, es decir mediante emisión monetaria pura, se agregan cinco puntos más a la inflación. “Es claro que hay un desequilibrio en el mercado, porque se emiten más pesos de los que la gente necesita. Entonces esa plata, que nadie demandó, da lugar a un menor valor de la misma”, diagnostica Fernando Marengo, economista jefe del Estudio Arriazu. ¿Qué tan complicada es esta situación? Ramiro Castiñeira, analista de la consultora Econométrica, la califica de “insostenible” en el mediano plazo. “Si los pesos que se vuelcan al mercado para sostener el tipo de cambio luego no se retiran, más pronto que tarde se dará un impulso aún mayor a la inflación”, sostiene el economista. Según su análisis, la diferencia fundamental con los “años dorados” del kirchnerismo es que ahora se agotó el colchón fiscal, que antes era el que permitía absorber el excedente de dólares. A este escenario, marcado por una mayor cantidad de dinero en circulación que aquél que la gente realmente pide, se suma otro factor clave: el de la fabricación de productos “Made in Argentina”. Sucede que la cantidad de bienes producidos debería ir guardando cierta correlación con el circulante. Si el primero encuentra un freno y el segundo sigue expandiéndose, habrá más cantidad de moneda para respaldar menos cantidad de bienes, con la consecuente pérdida de valor de la moneda. Y aquí es donde entra en escena la capacidad instalada de las empresas y sus posibilidades de expansión. Al respecto, algunos economistas hablan de recalentamiento. En este sentido, el último reporte de Dante Sica, director de Abeceb, destaca que hay síntomas de que la oferta no podrá seguir el ritmo de la demanda durante el segundo semestre.

“Se nota que, en la expansión de la industria, los factores que permitieron el crecimiento en años previos se desvanecen”, afirma. Y pone el ejemplo de que, pese a que la política económica apunta a exacerbar el consumo interno, hay sectores como el de alimentos y bebidas que continúan estancados. “Es una señal de que algo no está bien”, concluye. La teoría indica que una forma de combatir el recalentamiento es aumentar las importaciones. De esa manera, se evita que la industria local ande a “marcha forzada” y se saca presión sobre los precios. Pero el aumento de importaciones es justamente algo que el Gobierno quiere evitar, para no perder el colchón de reservas. Temor a la espiral ¿Por qué se teme un agravamiento del contexto inflacionario? Básicamente porque hoy están sucediendo las dos cosas a la vez: hay más dinero y éste circula más velozmente. “La gente tiende a desprenderse más rápido, por temor a la pérdida de valor, y eso se refleja en el boom de consumo”, puntualiza el académico Victor Beker. “Se dice que hay mayor velocidad si el nivel de transacciones aumenta más que la cantidad de dinero. Están creciendo los dos factores. Pero no hay dudas que, en comparación con otros momentos recientes, la velocidad ahora es muy superior”, agrega el catedrático. La historia argentina da varias lecciones sobre el potencial peligro de este fenómeno. En la década de los ’80, el austral pasó de rotar 12,5 veces por año, cuando recién se iniciaba el malogrado plan estabilizador, a girar 100 veces, en pleno estallido hiperinflacionario, según una investigación realizada por Jorge Avila, economista de la Ucema. Nadie pronostica hoy escenarios tan caóticos como aquél, porque el contexto local y global resulta muy diferente. Pero lo que sí se advierte es que no sólo la tendencia es negativa sino que, además, los argentinos tienen una memoria inflacionaria que los lleva a recurrir a mecanismos de protección.

Por eso es que no es válida para la Argentina una máxima del ex titular de la Fed, Alan Greenspan, que señala que los cambios en las políticas monetarias tardan no menos de 18 meses en impactar en los precios. Pero esto no funciona igual en todos los países. Claramente no aplica aquí, donde la reacción del público dura pocos meses (algunos economistas lo estiman en nueve, con tendencia al acortamiento). Pero además ese período se va abreviando a medida que se perfeccionan los mecanismos indexatorios, una materia en la cual los argentinos pueden dictar cátedra. Volviendo a los ’80, el impacto de la emisión inflacionaria se hacía notorio tras un período de tres meses, con un dramático acortamiento a tres semanas en el peor momento de la crisis. Se agota el estimulante Los economistas suelen hacer la analogía entre la emisión monetaria y las adicciones: al principio generan euforia, luego se necesitan de dosis crecientes para tener el mismo efecto y, finalmente, sólo queda una dependencia hacia la sustancia y la sensación de malestar. Así, la consultora de Melconian destaca que el circulante está creciendo a un ritmo del 25%. Sin embargo, ese “estimulante” genera un crecimiento al menos de un punto menos que hace tres años. Y encima deja la resaca de una inflación dos veces mayor. En lo que hace a la política monetaria, los analistas no esperan un cambio de actitud por parte del Gobierno. Y el motivo es simple: no rinde en términos políticos. “Es que hoy las alternativas son crecer al 4% con una inflación de 20%, o crecer al 7% con una inflación acercándose al 30%. Entre ambas opciones, como igual habrá críticas con una suba del 20%, entonces el Ejecutivo opta por maximizar el crecimiento”, razona el jefe de research de una de las mayores consultoras, que pidió no ser mencionado. Pero además está el efecto licuación sobre el gasto público. “Los ajustes de la recaudación son diarios, mientras que las subas de salarios y jubilaciones no. Entonces el impacto de corto plazo termina siendo positivo a nivel fiscal”, argumenta Juan Luis Bour, economista jefe de la fundación Fiel. Pero hay escepticismo en el sentido de que el “impuesto inflacionario” alcance para equilibrar las cuentas. “Si se sigue diciendo que hay superávit, ¿por qué entonces existe emisión monetaria inventada? Claramente es porque se tiene un rojo, que por lo menos requiere de unos $3.000 millones por mes”, razona Melconian. Un remedio peor que la enfermedad En este punto, la pregunta que cabe hacerse es si hay algo que pueda torcer el curso de los acontecimientos. Es decir, cómo se puede reducir la sobreabundancia de moneda local. Paradójicamente, aquello que traería alivio sería un mayor apetito del público por los dólares. Porque le haría el favor al Banco Central de quitarle la necesidad de emitir tanta cantidad de moneda local para limpiar la plaza de billete verde. Al respecto, cabe señalar que la demanda de divisas no registra las cifras propias de aquellos momentos de máxima tensión que vivió el país, si bien en el primer semestre del año se fueron del sistema unos u$s7.000M. Pero, por si sirve de consuelo, la expectativa es que a medida que se aproxime la fecha de las elecciones, la dolarización de los ahorros cobrará impulso. “Ahora la gente prefiere volcarse al consumo porque no percibe una inestabilidad cambiaria. Pero son percepciones que pueden verse modificadas ante cualquier cambio en el clima político”, señala Marengo. En la misma línea, Jorge Todesca, ex viceministro de Economía y titular de la consultora Finsoport, advierte que las condiciones para la fuga de capitales no desaparecieron sino que están apenas aletargadas por la lluvia de divisas que dejó la exportación agrícola. Pero señala que, tanto a nivel global como local, permanecen los motivos que tradicionalmente llevan al argentino a dolarizarse. “La inminencia de un proceso electoral constituirá un buen aliciente para que la preferencia de activos externos mantenga cierta intensidad, con independencia de las convulsiones externas y/o de las refriegas por la ‘caja’”, afirma Todesca. No deja de ser un mal consuelo, porque una mayor dolarización implica menor inversión y menor crecimiento. Más inflación, crecimiento más acotado, necesidades fiscales y liquidez que no sirve para reactivar. Una fórmula conocida. Sin embargo, la similitud con otros momentos históricos complicados no implica que esta vez se espere un escenario de desastre. ¿Por qué? Melconian da su explicación al respecto: “El objetivo de esta política es ir llevándola y garantizar que no haya crisis extremas, ni un Rodrigazo ni un Ochentazo ni una vuelta al 2001. No va a haber eso, gracias a la soja, que es el ángel de la guarda. Este modelo, sin soja, entra en crisis”.

Fernando Gutiérrez (c) iProfesional.com

Fuente: iprofesional

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